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Conclusion – Segunda Guerra Mundial – Invasión de Polonia (Fall Weiss) – Parte XVI

Capítulo XV

CONCLUSIÓN

Las bajas polacas en la campaña de 1939 ascendieron a 66.300 muertos, 133.700 heridos, 587.000 prisioneros capturados por los alemanes y otros 100.000 por los soviéticos. Las pérdidas alemanas fueron de unos 16.000 muertos y 32.000 heridos. Un total de 674 carros germanos fueron puestos fuera de combate, 217 de ellos de forma definitiva. La 4ª División Panzer sufrió la mayor tasa de pérdidas de carros, con un total de 81, debidos a su choque con la caballería en Mokra y a su impetuoso asalto de los arrabales de Varsovia. Otras pérdidas de equipo ascendieron a 319 autoametralladoras, 195 piezas de artillería, 6.046 vehículos y 5.538 motocicletas.

La campaña de Polonia proporcionó al Ejército alemán unas enseñanzas vitales para su posterior ataque, mucho más difícil, contra su antiguo enemigo de la Gran Guerra, Francia. Hoy es difícil apreciar en cuánta consideración se tenía en 1939 al Ejército francés. Era una fuerza poderosa y bien equipada, con un arsenal moderno y el prestigio de la victoria en 1918. Sólo después de su derrota en 1940 se empezó a hablar de sus puntos débiles. Para la Wehrmacht, la campaña de Polonia fue una prueba necesaria para sus hombres y sus máquinas. El desenlace nunca se puso en duda, pero tenían que evaluarse unas técnicas, unas tácticas y unas tecnologías totalmente nuevas. Los combates pusieron de manifiesto las aptitudes de los mejores comandantes y dieron a muchas divisiones su primera experiencia bajo fuego real. Fueron especialmente valiosos para probar a las divisiones Panzer y el revolucionario potencial de la guerra de armas combinadas. Algunos observadores franceses y británicos menospreciaron el desenlace de la campaña, considerándolo inevitable debido a la mala actuación del Ejército polaco y, por lo tanto, subestimaron la importancia de las nuevas tácticas. Los alemanes no fueron tan despectivos con la actuación polaca en 1939, sino que reconocieron que la propia intensidad de los combates daba validez a la nueva doctrina táctica. Observadores británicos más perceptivos bautizaron las nuevas tácticas de armas combinadas como «Blitzkrieg», una palabra que entró en el vocabulario militar al cabo de unos meses, después de la derrota de Francia.

Mientras que el comportamiento del Ejército alemán en Polonia había sido muy bueno, la campaña había puesto de relieve una serie de defectos que era preciso corregir. Las divisiones ligeras habían resultado un fracaso, pues carecieron de la fuerza de las divisiones de infantería y de la potencia de fuego de las Panzer. A la vista del éxito de estas últimas, las divisiones ligeras fueron convertidas en acorazadas a tiempo de estrenarse en Francia. Los combates en Polonia revelaron la necesidad de mejorar muchos aspectos de las operaciones de armas combinadas. Las divisiones Panzer eran fuertes en carros pero débiles en infantería. La cooperación entre los unos y la otra era mala al principio de la campaña, como se comprobó en batallas como la de Mokra, y necesitaba ser corregida. La Luftwaffe desempeñó un papel importante en Polonia, logró la superioridad aérea y ejecutó misiones de interdicción, pero debía prestarse mayor atención a la coordinación de las operaciones aéreas con las fuerzas de tierra.

El Ejército Rojo, deslumbrado aún por su victoria sobre los japoneses en el Jalkin Gol, sacó algunas enseñanzas de la campaña de Polonia, pero ignoró otras muchas. El nivel de entrenamiento era malo en todos los grados, sobre todo en el de los oficiales superiores y el de las tropas especializadas. Los oficiales alemanes que habían estado en contacto con el Ejército soviético en las maniobras conjuntas de la década de 1920 se asombraron del deterioro que había experimentado para 1939. Halder calculó que le iba a costar una década recuperar el nivel de principios de la década de 1930, antes de las purgas. Casi el 15 por ciento de la fuerza de carros soviética se perdió en dos semanas de operaciones contra un enemigo muy inferior. Las bajas se debieron a que el Ejército Rojo no estaba preparado para trabajar con material sofisticado en condiciones de combate. Esta carencia resultó mucho más evidente unos meses más tarde, durante la invasión de Finlandia, en la que todo el mundo pudo percatarse de los problemas de fondo del Ejército soviético. De la campaña de Polonia, los generales alemanes sacaron la conclusión de que, a pesar de tener material muy avanzado, el Ejército Rojo era un mero tigre de papel. Tres meses después, los finlandeses confirmaron esta sospecha, lo que no hizo sino convencer aún más a Hitler de la validez de sus planes de guerra en el este.

Unos 100.000 soldados polacos escaparon a Rumania, Hungría y las Repúblicas Bálticas en 1939. La mayoría de ellos fueron perdiendo su espíritu combativo, pero 35.000 llegaron hasta Francia, donde sirvieron en cuatro divisiones de infantería y una brigada mecanizada durante la campaña de 1940. Tras la derrota francesa, unos 19.000 consiguieron llegar hasta Gran Bretaña y el norte de África, donde formaron el núcleo de un nuevo ejército polaco. El alma de éste eran los restos de la 10.a Brigada Mecanizada del coronel Stanislaw Maczek, que tan buen comportamiento tuvo con el Ejército Krakow en 1939. Maczek mandó luego la brigada en Francia, en 1940, y después de la evacuación a Gran Bretaña, organizó la 1.a División Acorazada Polaca, que combatió bajo su mando en 1944-1945. La actuación más destacada de esta unidad fue el cierre de la brecha de Falaise, en la campaña de Normandía. El Segundo Cuerpo Polaco fue constituido en el Mediterráneo por polacos supervivientes de los campos de prisioneros soviéticos, liberados por Stalin a partir de 1942. Estas unidades, que se hicieron famosas al capturar Monte Cassino en 1944, tomaron parte en las últimas fases de la guerra en Italia.

La campaña de Polonia reveló la excelencia técnica de la Wehrmacht, en efecto, pero también su lado más oscuro. Las bajas civiles son inevitables en las guerras, pero la escala y la brutalidad de las represalias alemanas en Polonia en 1939 fueron inusualmente feroces. Las peores atrocidades fueron cometidas por formaciones paramilitares y por las nuevas unidades de las SS. De hecho, la actuación de éstas provocó que algunos generales de la Wehrmacht, Blaskowitzentre ellos, se quejasen directamente a Hitler. Pero eran sólo indicios de lo que estaba por venir, pues la guerra en Europa oriental iba a degeneraren una verdadera salvajada a medida que fueron pasando los años.

Para Polonia, la Segunda Guerra Mundial fue una tragedia sin parangón. Durante el conflicto, uno de cada seis polacos pereció debido a las brutales políticas de ocupación de los regímenes nazi y soviético. La comunidad judía más próspera de Europa fue aniquilada, y los nombres de los campos de extermino alemanes en Polonia -Auschwitz, Belzec y Treblinka- se convirtieron en sinónimos de genocidio. La victoria aliada en 1945 supuso un parco consuelo, pues Polonia tuvo que sufrir 50 años de régimen comunista impuesto por la Unión Soviética. Los recuerdos de la valiente defensa de 1939 no compensaban la tragedia que vino a continuación. Las consecuencias de la campaña polaca duraron décadas. La Unión Soviética, pese a ser nominalmente aliada de Polonia después de que ella misma fuese invadida por Alemania en 1941, insistió en quedarse con el territorio polaco que había ocupado en 1939. En compensación se dio a Polonia territorios de Alemania oriental. En vez de ganar «espacio vital» en el este, Alemania se contrajo; Prusia Oriental desapareció y la población alemana del este del país fue obligada a emigrar. Al hacerse con Ucrania, la Unión Soviética contribuyó a su propia decadencia. Ucrania Occidental fue siempre un importante foco de independentismo, y durante la crisis de 1991, la agitación de los ucranianos por conseguir su libertad fue uno de los catalizadores de la disolución de la URSS.

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